Del fondo del mar a Varsovia: lecciones de condiciones extremas

Esta semana conocimos dos artículos extraordinarios, ambos publicados en revistas científicas de prestigio, sobre disciplinas completamente distintas, en contextos disonantes, con narrativas que parecieran ajenas, pero que vistos a detalle, nos regalan moralejas muy ad hoc a nuestros tiempos.


Las bacterias más longevas

En el punto marítimo más lejano de cualquier superficie terrestre, llamado Giro del Pacífico Sur, se ubica una zona donde las corrientes convergen, la vida marina es mínima y frecuentemente el humano más cercano está en el espacio. Hace unos años, en este “desierto marino”, un grupo de científicos japoneses y americanos tomaron muestras del subsuelo ubicado a 3,700 y 5,700 metros de profundidad, en perforaciones que realizaron de 70 metros por debajo del piso marino. En este lugar tan remoto, la vida y los nutrientes son casi inexistentes, por lo que el equipo se sorprendió cuando al analizar el su laboratorio las muestras extraídas, encontraron microorganismos durmientes, aún vivos, de 101.5 millones de edad. Los habitantes del planeta más ancianos. Según el reporte que publicaron esta semana en Nature Communications, cuando los investigadores usaron condiciones controladas y “despertaron” a estas bacterias, observaron que se alimentaron adecuadamente, crecieron y se reprodujeron con normalidad. Sin duda este es un hallazgo récord para la ciencia; siendo estos los organismos vivos con mayor edad. Estas células habían permanecido en un estado de supervivencia, aguantando altísimas presiones, un frío intenso, oscuridad total; sin energía y prácticamente sin alimento, en uno de los lugares más inhóspitos del océano. Quizás del planeta entero. Los científicos aún tienen mucho que aprender sobre la forma en que estos seres bacterianos preservaron su existencia, mantuvieron la vida a pesar del tiempo y de las circunstancias, pero por lo pronto, el hallazgo es sin duda un extraordinario ejemplo de resiliencia y adaptación, a pesar de las condiciones hay siempre esperanza.


Distanciamiento social en la hacinación

Investigadores de la Universidad de Tel Aviv y de la Universidad de Ámsterdam usaron modelos matemáticos para descubrir que la epidemia de tifus que se propagaba en el Gueto de Varsovia ya había terminado cuando los germofóbicos nazis la usaron como pretexto para liquidar el gueto entre 1941 y 1942. Según el hallazgo reportado hace unos días en Science Advances, la gran epidemia de tifus que corría en el sobrepoblado Gueto de Varsovia, se controló súbitamente en octubre de 1941, incluso antes del esperado aumento de casos del invierno. Usando como evidencia los tarjetones de raciones alimenticias y los registros de censos del gueto, los científicos responsables de este singular estudio proponen que la posible causa de este magnífico control epidemiológico fue el esfuerzo de las autoridades comunitarias judías por sugerir medidas de higiene, a las exitosas pláticas públicas que brindaban las brigadas médicas sobre la prevención de contagios, a los estudiantes de medicina que se preparaban en la universidad secreta del gueto y al aislamiento, en la medida de lo posible, de los enfermos. Es decir, a la aplicación de medidas de mitigación epidemiológica que fueron aceptadas, y aplicadas a conciencia por la población. A pesar de las inhumanas circunstancias. La tifus es una enfermedad bacteriana, muchas veces fatal, que se transmite a través de los piojos. Ante la falta de acceso a antibióticos, los líderes comunitarios y médicos promovían el lavado y planchado frecuente de ropa, el monitoreo de los habitantes del gueto y las acciones para despiojar a los contagiados. Como bien estableció en sus memorias el bacteriólogo, sobreviviente del gueto y luego nominado a Premio Nobel Ludwik Hirszfeld: las condiciones de higiene, frío y sobrepoblación eran la “incubadora” ideal para la epidemia. Sin embargo, en 1941 la población del Gueto de Varsovia entendió su papel en los contagios y asumió, a pesar del infernal entorno, medidas de higiene y prevención. No podían practicar como nosotros el distanciamiento social, pero ellos sí lograron aplanar y controlar la curva de la epidemia, comprendieron la efectividad de las medidas de mitigación que promovían los responsables comunitarios, los médicos y epidemiólogos del gueto.


Cada una de estas dos historias merece profundidad y análisis, sin embargo expongo ambas a modo de ejemplos para burdamente referirme a la situación que enfrentamos con la COVID-19.


Al parecer, aún nos queda un largo trecho por recorrer, que si bien se siente cada día más pesado, extenso e inhóspito, tenemos que encontrar las herramientas para conservar la integridad y mantenernos vivos, con paciencia. Un esfuerzo como individuos. Y aunque aún hay muchos misterios por dilucidar sobre el coronavirus, sí conocemos las medidas de mitigación para cambiar el sentido de la pandemia, medidas claras que si pudieron ser aplicadas en condiciones de persecución, opresión y guerra, seguramente podríamos también nosotros asumirlas. Un esfuerzo como comunidad.


Y para terminar, una frase reciente del médico senegalés Cheikh Niang “una epidemia no es exclusivamente técnica y medicina; no se resuelve solamente con medicinas y vacunas. El ébola se combatió con un conjunto de elementos, entre ellos el encontrar consenso dentro de las comunidades, y restaurar la dignidad y la confianza.”



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