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Existe, aunque no la (re)conozcas

-Carol Perelman


El gran René Descartes, filósofo y científico francés postuló en el siglo 17 “Je pensé, donc je suis” que sirvió como base para el racionalismo y que en español se traduce como “Pienso, luego existo.” Y es que el cuestionamiento sobre cómo comprobar lo que es y no es real, distinguir lo que en verdad existe, ha mantenido un reto constante para el intelecto humano. Lo que sí es un hecho, y está fuera de debate, es que la ciencia, aunque no se visibilice a simple vista, o no se haga evidente por ser tan ubicua, existe; y existe en prácticamente todo lo que somos y lo que nos rodea.


Veamos.


Son las siete de la mañana y suena el despertador. Quitando la clásica referencia a la ciencia que puede ser el mecanismo tras el reloj, sea analógico, electrónico o mecánico, y al antiácido o vitamina con que comienzas tu día, el simple hecho de levantarse involucra mucho más de ciencia que lo que frecuentemente se percibe.


De haber estado aproximadamente 6 a 8 horas en posición horizontal, de pronto a través de una señal nerviosa, que activa varios de los músculos, nos ponemos de pie. Algunos precavidos se sientan unos momentos sobre el colchón antes de emprender la posición erguida. Pero varios damos un violento salto de la cama como resultado de haber puesto nuestra holgura al límite. En ese instante, la fuerza de gravedad, haciendo lo suyo, jala los fluidos del cuerpo hacia el suelo y si no fuera por las diminutas y perfectas válvulas que tenemos dentro de las venas de las piernas, la sangre tardaría más de lo recomendado en llegar al corazón y a la cabeza, y nos ocurriría lo que médicos llaman hipotensión ortostática, es decir, una baja súbita de la presión arterial, que provoca visión borrosa, mareo e incluso un desmayo. Así, tenemos a Newton desde las primeras horas de la mañana: a la inercia, la fuerza de gravedad, y la mecánica de fluidos en acción.


Claro que podemos describir cómo la ropa que nos protege del clima, el agua caliente de la regadera, los productos de limpieza personal, la elaboración de los cosméticos, e incluso el mecanismo del W.C., todos, obedecen a reglas descritas en libros de física, química y biología. Pero para no redundar en los ejemplos clásicos, y que más bien el presente texto aporte una sensación de eureka, hablemos de algo menos evidente.


Vamos a la cocina, y recordamos, que desde muy pequeños nos han dicho que no debemos consumir huevo crudo; una de las razones es por el alto riesgo de contener a la bacteria causante de salmonelosis. Así que para desayunar tendremos fruta (fibra y vitaminas), un pan (esperemos que integral), con huevos estrellados sazonados con un poco de sal (yodada, claro está, para evitar problemas a la tiroides). Y para ello, calentamos un sartén. Es increíble lo que describiré a continuación pero a la vez tan cotidiano que pocos se preguntan por qué las claras de los huevos al cocinarse se tornan blancas.


Empecemos por recordar que el huevo equivale al óvulo de una gallina, que al ser un animal ovíparo, su huevo debe contener los nutrientes para alimentar al futuro embrión, lo necesario para convertirse en pollo. Los seres humanos al ser vivíparos contamos con una placenta y un cordón umbilical que sustentan el crecimiento y maduración de nuestras crías por 9 meses. Pero con las aves esto ocurre diferente. Y por ello, la clara de huevo, cuyo fin es servir de la única proteína que sustenta el desarrollo del nuevo ser, es de las partes más nutritivas del huevo.


Al calentarse en el sartén, esas ricas proteínas inicialmente transparentes se desdoblan, sus enlaces químicos se debilitan y cambian, lo que en lenguaje científico se denomina desnaturalización y precipitación, logrando con ello la coloración blanquecina que nos indica que ya esta listo para consumirse de forma segura, porque a la temperatura para cocer la clara, también las proteínas de la patógena bacteria se habrán deshecho, garantizando su aniquilación.


Más adelante, omitiendo que la combustión del automóvil que te transporta al trabajo es pura química, y que el elevador que usaste para entrar a la oficina funciona gracias a una máquina simple llamada polea, podemos subrayar que esos minutos que durante tu trayecto te pegan de Sol, son esenciales para la salud de tus huesos. Pero que gracias a la capa de ozono, hecha por la unión de tres átomos de oxígeno, los rayos ultravioleta dañinos del Sol no logran pasar de la estratósfera, permitiendo así nuestra placentera vida sobre la superficie de la corteza del planeta.


Pero dejando de lado lo cósmico y romántico, (aunque también en eso del amor podríamos enumerar la química de neurotransmisores como dopamina, serotonina, adrenalina y por su puesto que oxitocina,) usamos la ciencia a veces sin darnos cuenta, e incluso en las decisiones que tomamos. Donde nuestro cerebro evalúa de forma racional (aunque el profesor Dan Ariely argumentaría que más bien es de forma irracional), los distintos escenarios para preferir una opción sobre de otra. Y nuestro día a día sí que está plagado de alternativas a elegir. Todo ello utiliza un proceso de pensamiento crítico y lógico, científico, en que debemos evaluar, pensar y repensar, el abanico de caminos con sus respectivos riesgos y beneficios. Los académicos lo llaman “lógica matemática”, pero también se conoce como “cotidianidad”.


Y no entremos a explicar por qué no debes consumir jugo de toronja si tomas ciertos medicamentos, o de la destreza geométrica que sería ideal tener para ejecutar tiros parabólicos tan perfectos que logren que una bola entre a la portería para hacer gol o esquive el campo completo para un home run.


Son detalles que los niños más pequeños desde que aprenden a expresarse notan como espectaculares y por ello nos llenan de cuestionamientos sobre el cómo y por qué de nuestro alrededor. Pero que también son maravillas para entusiasmar a los más curiosos, y a aquellos capaces de contemplación. Y también a esos generosos lectores como tú, que han llegado hasta aquí y en estas líneas se sorprenden de la ciencia implícita en cada acción, cada objeto, cada fenómeno y cada suspiro (donde exhalas bióxido de carbono e inhalas oxígeno que permiten el metabolismo dentro de las mitocondrias de las células).


Como el arte, la ciencia la hacemos los seres humanos, y por ello ambas son parte de la cultura. Y también cómo el arte, la ciencia es una búsqueda interminable por explicar el entorno, y existe, aunque no la (re)conozcas. Así que, como último pilón, te recuerdo que si para esta temporada de calor harás una fresca limonada, no olvides que primero se adiciona el azúcar al agua, y ya luego el ácido del limón, y que para una aún mejor disolución, agregues los hielos al final, si no, estarás dándole vueltas al cucharón muchísimo tiempo más.



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