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El antisemitismo racial: Un producto de la pseudociencia

Actualizado: 24 abr

Aclaremos de una vez, que no todo lo que suena a ciencia es ciencia. Que no porque la mayoría cree en algo, es lo correcto. Y que la ciencia no hace juicio de valor; la ciencia no busca discernir entre lo bueno y lo malo, más bien sólo intenta describir de forma lógica y rigurosa los porqués de los fenómenos que experimentamos. Es por ello ajeno a la ciencia, pero no menos disruptor, cuando más adelante, algunos tergiversan, malentienden o sacan de contexto teorías científicas y sus implicaciones, y acomodan a su modo el discurso para alcanzar objetivos particulares. A veces estos errores son por omisión, otras veces por comisión, y lo peor, es cuando son premeditados e intencionales; la alevosía y ventaja es criminal. Así, hay miles de ejemplos de pseudociencias que han marcado el curso de la historia, y aquí, querido lector, uno de tantos.

 

En 1859 cuando Charles Darwin publicó su famosa teoría evolutiva en el Origen de las Especies, donde la selección natural ocurriría por la supervivencia del más apto, y en 1863 el monje Gregorio Mendel describió, usando chicharos, las leyes de la herencia genética sugiriendo cómo las características físicas dependían de los genes dominantes y recesivos, es que nació, por circunstancias y motivos extraños a estas dos aceptadas hipótesis científicas, una pseudociencia paralela que las usó, manipulando sus alcances, como argumento para establecer la teoría racial que ha permeado en sociedades de distintos tiempos y latitudes provocando hasta hoy enormes daños. Y es justamente de esta pseudociencia hoy ya hecha tabú llamada eugenesia, que en 1875 surge el antisemitismo racial que sucumbió en 1945 luego de que fuera explotada por la Alemania Nazi para diferenciar entre la presunta raza superior aria y la inferior semita, y bajo ese ridículo estandarte discriminatorio, perpetrar sus infames crímenes.

 

La eugenesia, que como su nombre lo indica significa “buen nacido o linaje”, y que fue fundada en 1883 por un primo segundo de Darwin, el erudito Francis Galton, trata de autodirigir la evolución humana a través de los rasgos hereditarios ya sea de forma positiva, promoviendo la reproducción de los más calificados, o bien de forma negativa, incapacitando la reproducción de los desafortunados. Un disparate que buscaba mimetizar el perfeccionamiento de razas de caballos o perros a través de reproducciones controladas. Así, la eugenesia que acreditaba estas inconcebibles políticas culminó en el racismo científico que proponía los mecanismos para las supuestas mejoras con esterilizaciones selectivas, prohibición de matrimonios interraciales, las reglas de segregación, la práctica de esclavitud, la restricción migratoria, entre muchas otras atrocidades denigrantes como el infanticidio y eventualmente el genocidio. Todas ellas basándose en el hoy inaceptado darwinismo social que reconocía a los “fuertes” como merecedores de la riqueza, inteligencia y poder, y a los “débiles” como poseedores de la pobreza, incompetencia y el yugo. Así, a partir de suposiciones erróneas y de interpretaciones malévolas, estas pseudociencias florecieron con todo su esplendor instituyendo sistemas político-sociales bajo la supuesta verdad científica, engendrando entre sus descendientes al antisemitismo racial, y sucumbiendo finalmente a mediados del siglo XX para ser suplantadas por las normas de la bioética y la libre decisión.

 

Como expliqué, la eugenesia reclamaba que las características físicas de las personas, como el color de la piel, y las sociales o culturales como una religión, venían impresas en el genoma, buscando con ello dividir en jerarquías a la especie humana y manipulando a la ciencia para encajonar a unos como mejores que otros, y así justificar aterradores sistemas de poder y opresión. Claro que hoy, la eugenesia, el darwinismo social y el racismo científico son vistos como falsos disfraces que hasta hace poco abonaban las formas más absurdas del racismo, de la xenofobia y la discriminación, pero que han sido ya expuestos como argumentos absolutamente equivocados.

 

De hecho, y esto es importante, a partir del Proyecto de Genoma Humano completado en 2003 sabemos que los seres humanos somos prácticamente idénticos, y contrario a lo que muchos pensarían, compartimos casi todo, el 99.9% de nuestro ADN, con el resto de los terrícolas; es decir, sólo el 0.1% de nuestro genoma varía entre una persona y otra haciéndonos únicos. E incluso hace un año, la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina (NASEM) de Estados Unidos publicó un reporte afirmando que usar el término de raza, es decir segregar a las poblaciones en distintos grupos por su apariencia física, o hablar de etnias, de los factores sociales o contextos culturales compartidos, es completamente inadecuado bajo el enfoque científico, ya que éstos son inventos meramente sociales sin sustento biológico.

 

Etiquetas étnicas como llamar a alguien “latino”, se refiere a aspectos específicamente culturales, como el compartir un mismo idioma, costumbres, creencias o legado, aunque no sean atributos específicos de ese grupo de personas, pero que definitivamente debieran estudiar los sociólogos, y no los biólogos. Así, el uso de raza (una construcción social o ideología política) y de etnia (personas que comparten elementos culturales) han llevado a sesgos sistémicos y a conclusiones equivocadas no sólo en la investigación científica sino también en el discurso público, y en los prejuicios de la cultura colectiva con consecuencias que segregan, jerarquizan, crean estereotipos, provocan inequidades y muchas veces promueven la violencia e incluso matan. En la ciencia, lo que atañe a los genetistas, médicos, biólogos, que estudiamos e identificamos, son grupos humanos en el contexto de la ancestría: del origen; la ancestría genética encuentra entre grupos de personas variantes o mutaciones específicas que ayudan a ubicarlos dentro de una población con origen común.

 

Y cualquiera me diría que claro que sí existen determinantes genómicos específicos por ejemplo del grupo ancestral que componen los judíos, ya que incluso hay enfermedades asociadas con mayores prevalencias a ciertos grupos según si son ashkenazim, de países árabes, o sefaradíes. Y a lo que se refiere este hecho es que existen ciertas mutaciones que aparecen en un grupo poblacional con mayor frecuencia, pero no de forma exclusiva: la ausencia de esa mutación no te hace no ser judío y su presencia no te clasifica como judío, pero la mutación, y el riesgo de desarrollar la enfermedad asociada a esa variante específica, se presenta con mayor frecuencia en judíos. Así, hoy los científicos genetistas formalmente usan el término ancestría para identificar, estudiar y proponer mejores estrategias de diagnóstico y tratamientos en salud a grupos con orígenes comunes y que comparten algunas similitudes no determinantes con otros; y ya no se acepta el ridículo mito de razas por no contar con ninguna evidencia biológica. Los eugenistas, los seguidores del darwinismo social y los perpetradores del racismo (pseudo)científico como lo fue el antisemitismo racial, estaban profundamente equivocados (tanto en forma como en fondo).

 

A lo largo de la historia, así como hemos metamorfoseado a los climas y los ecosistemas, y cambiado nuestros hábitos desde la forma de obtener alimentos y conocimiento, hasta cómo nos transportamos y comunicamos hoy; también, las ideas segregadoras, esos prejuicios antisemitas, han cambiado según los paradigmas y las pseudociencias de cada época: de ser propuestas anti-religiosas hace más de un milenio, a expresiones antisemitas raciales hace un siglo, a las actuales anti-sionistas que estamos viviendo frente a la existencia de una Nación. Pero específicamente ahí, en ese capítulo tan negro de la historia de la humanidad, es que se usó a pseudociencias que en su momento parecían lógicas y eran muy populares, como el paraguas antisemita para albergar la teoría de higiene racial alemana, las Leyes racistas de Nurenberg, los experimentos violadores de la ética de Josef Mengele, y el mayor crimen de guerra de la humanidad: la Solución Final.

 

Seamos por ello más críticos con los alcances y conclusiones que pueden emanar a partir de la ingenua ciencia, ya que, así como el antisemitismo racial usaba la terminología técnica, pero se fundaba en silogismos ilógicos y cimientos inexistentes, hoy somos testigos de otras pseudociencias que también buscan dividir, sembrar miedo, crear antagonismo, generar riqueza de forma inmoral, fomentar el daño y ganar adeptos en el supuesto nombre de la ciencia con consecuencias muchas veces fatales. Y para no sucumbir ante la seductora pseudociencia: cuestiona, investiga, reflexiona, y se escéptico. El mejor remedio a la pseudociencia es el pensamiento crítico y científico, la curiosidad y la razón.

 

Cómo dijo el mismo Charles Darwin: “Sin dudas, no hay progreso”. Y por eso repito: no porque suene a ciencia, es ciencia. No porque tenga millones de seguidores es confiable. No porque parezca veraz lo es. Confía, pero siempre pregunta y verifica.

 

 -Carol Perelman

Texto escrito para Naye Zajn, La Kehile. Abril 2024



 

 



 

 

 



 



 



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