Descifrando el origen del nuevo coronavirus

El ser humano tiene una obsesión por conocer los orígenes de lo que le rodea. No es casualidad que una de las cuestiones más preguntadas y aún no completamente resueltas trata del origen mismo del ser humano; del Universo. Aristóteles reconoce la necesidad humana de buscar causas, motivada por la curiosidad, para tener el conocimiento completo de cualquier fenómeno o evento.


Era de esperarse, que con la pandemia avanzando a pasos veloces por el globo terráqueo, la humanidad quisiera conocer también, el origen de este caos. Y es que es importante hacerlo. Saber de dónde llegó este nuevo virus podría ayudarnos a resolverlo con mayor asertividad y sin duda a prevenir futuras pandemias. Sin embargo, en esta búsqueda de la verdad se han amontonado los rumores, las teorías conspiratorias, las casualidades y los señalamientos políticos. Claro que sí hay contundentes evidencias científicas, claras, que nos ayudarán a alumbrar el camino; pero aunque se sabe mucho, aún no se conoce todo. Quedarán algunos aspectos inconclusos. Espero proveer de suficientes argumentos para poder unir casi todos los cabos, cuan detectives ante una escena a investigar, con el objeto de descifrar el enigma a desenmascarar.


Los sospechosos.

A menos de que el episodio histórico que estamos viviendo haya sido escrito por una mente como la de Agatha Christie; donde la resolución de la trama acaba en un evento completamente inaudito y sorpresivo; utilizaré técnicas salidas de la lógica para tratar de esclarecer el caso. Las teorías posibles sobre el origen del nuevo coronavirus son: que se originó en la naturaleza y pasó al ser humano en un proceso conocido como zoonosis (aplausos), fue diseñado y construido por bioingenieros con fines bélicos y/o de investigación (buuu), o bien, que el virus estaba bajo estudio y escapó de un laboratorio (timbales).


¿Quién es la profesora Shi Zhengli?

Desde 2015, el Instituto de Virología en Wuhan (WIV) estudia distintos virus bajo estrictas medidas de bioseguridad. En ese Instituto, labora la viróloga Shi Zhengali conocida entre sus colegas como “bat woman” por sus expediciones en busca de murciélagos, reservorios naturales de los coronavirus. Desde 2017, Zhengli había reportado sobre el hallazgo de varios tipos de coronavirus en los murciélagos de las cuevas de Yunnan y que éstos usaban mecanismos similares para ingresar a las células. Cabe recalcar que los murciélagos son excelentes reservorios naturales de coronavirus pero tienen un sistema inmunológico que los mantienen coexistencia, sin enfermarlos. Desde entonces, Zhengli advertía sobre de facilidad con que los coronavirus entraban a las células humanas, e insistía sobre la importancia de sus investigaciones para prevenir posibles pandemias por este tipo de virus. Parte de su trabajo consistió en crear en el laboratorio un virus quimérico combinando el coronavirus de murciélago SHC014 y el virus responsable de la pandemia de SARS de 2003, para evaluar niveles de virulencia en cultivos celulares y conocer mejor los procesos de infección. Ante ello, científicos expresaron su preocupación por el riesgo de tener en el laboratorio patógenos que podrían ser peligrosos en caso de que se fugaran. Shi Zhengli, viróloga, es una de las especialistas en estudio de coronavirus en el mundo.


Huellas digitales

Así como un detective busca evidencias en las huellas digitales, el análisis del material genético del nuevo coronavirus arroja información para trazar su identidad, su origen. Es por ello, que cuando hace unos meses comenzó la epidemia, Zhengli acudió a su laboratorio y comparo la secuencia genética del nuevo coronavirus, SARS-CoV-2, con todos los virus que tenía guardados en su laboratorio de alta seguridad, revisó con su equipo, todos los que había recolectado y estudiado. Para su alivio, como comentó hace meses y recalcó hace poco al Scientific American, ninguno coincidía. El nuevo coronavirus no podría haber salido de su laboratorio, era un virus completamente nuevo.


¿Coincidencia?

No ayuda a desmentir las teorías conspiratorias, que el Instituto en cuestión, esta precisamente en la ciudad donde presuntamente comenzó la epidemia, a unos pocos kilómetros del mercado de animales y alimentos que cerró el 1 de enero de 2020 por haber sido el epicentro del primer brote. Pero la epidemia no necesariamente empezó ahí. Un artículo publicado en Lancet confirma que las primeras 41 personas infectadas no tuvieron ningún contacto con ese mercado; entre ellos está el paciente que tuvo los primeros síntomas mucho antes, el 1 de diciembre. Sin embargo, como la mayoría de las personas cursan la infección de forma asintomática, es posible que el paciente inicial, llamado paciente cero, haya adquirido el virus desde noviembre de 2019, incluso fuera de Wuhan, y que en ese periodo el virus haya mejorado sus tácticas invasivas hasta lograr el contagio masivo hacia fines de diciembre. Hallazgos de pacientes con neumonías atípicas, en periodos previos a los que se creía, están comenzando a surgir.


Bioseguridad

Esta controversia, se hizo aún más compleja cuando el pasado 14 de abril, The Washington Post reportó que oficiales de la Embajada de Estados Unidos en Beijing, visitaron en 2018 las instalaciones del WIV encontrando que no se estaban siguiendo con rigor los protocolos de bioseguridad indicados para laboratorios que estudian patógenos para los cuales toda la humanidad es susceptible, que son altamente transmisibles y para los que no se conoce una cura. Según el tipo de agente con el que un laboratorio esté trabajando se le asigna un nivel de bioseguridad (BL). El más bajo es el BL-1 en el cual se estudian organismos que no imponen ningún riesgo para los humanos. Pero en los laboratorios BL-4, el nivel más alto, se trabajan virus como la viruela, el Ebola y el Marburg; los más peligrosos. Laboratorios como los de Shi Zhengli deben de tener medidas estrictas en la filtración del aire, tratamiento de basura, desagües y en los lineamientos para el personal que sale y entra de ellos. La fuga de virus de laboratorios de alta bioseguridad no es común, pero sí ha sucedido en el pasado. En 2004 muestra del coronavirus SARS salió de un laboratorio en China, en 2014 unos viales con viruela fueron encontrados en Washington. Existen pocos centros de investigación nivel BL-4 en el mundo, probablemente unos 50. La hipótesis de una fuga es poco probable, pero hubiera sido una posibilidad si el WIV hubiera tenido muestras de este nuevo coronavirus.

¿Hecho por el hombre?

Los investigadores aclaran que si el virus hubiera sido construido en un laboratorio para fines experimentales o bélicos, sería una combinación de varios elementos de otros virus; como un mosaico. Para crear un nuevo virus, se hubiera tenido que trabajar con secciones de virus ya conocidos y hacer trabajo de bioingeniería para que tuviera las propiedades deseadas. No se puede hacer un virus de cero. Los científicos han analizado todas las partes del nuevo coronavirus, SARS-CoV-2 y constatan que tiene componentes que difieren de los virus conocidos, confirmando que el nuevo coronavirus tuvo que haber surgido de un virus aún desconocido o de un virus de la naturaleza. Además, un estudio reportado por Kristian Andersen del Scripps Research Institute, en Nature Medicine asevera que el virus tuvo que haber surgido de un proceso evolutivo de la naturaleza, y no de una construcción humana, porque la estructura del spike, del pico que usa el virus para entrar a nuestras células a través del túnel ACE2, no es perfecto. El grupo encontró que la especificidad de la “llave” con la que el virus abre nuestra “cerradura” es excelente, y hace que el virus invada las células con efectividad; sin embargo no es el ideal. Un ingeniero en genética nunca hubiera diseñado una interacción que no fuera la óptima. Con estos dos argumentos se deja claro que este virus es resultado de una selección natural; no producto de bioingeniería genética.


El paso al humano

Los autores sugieren, que el nuevo coronavirus pudo haber llegado al humano a través de dos escenarios naturales posibles. Que tuvo un proceso de selección natural dentro de un animal, y cruzado después por transferencia zoonótica al humano. O bien, que cruzó al humano y durante los primeros contagios tuvo un proceso que le ayudo a adaptarse y adquirir propiedades epidémicas. Los científicos han buscado similitudes en las secuencias genéticas de otros coronavirus, las huellas digitales, encontrando que existe un coronavirus proveniente también de murciélago, llamado RaTG13, que comparte el 96% del genoma con el nuevo coronavirus, SARS-CoV-2. La parte que difieren radica en la forma de su spike, por lo que RaTG13 no puede infectar a humanos, permanece en el murciélago. Esto podría sugerir, que el nuevo coronavirus adquirió la forma de su spike en un proceso evolutivo, de adaptación entre humanos, que de forma silenciosa se esparció entre la población, hasta lograr mayor virulencia y provocar la epidemia. Haciendo un rastreo del material genético, esta transformación tuvo que haber sucedido a finales de noviembre o principios de diciembre de 2019; coincidiendo con los primeros casos reportados.


El eslabón perdido.

Existe un eslabón que aún debemos encontrar para acabar de comprender el origen del nuevo coronavirus. Seguramente hay otro animal involucrado que sirvió como trampolín. Al principio se creyó que había sido una serpiente, luego el pangolín, finalmente el perro. Pero ya todos han sido desbancados. Encontrar ese intermediario dará certeza sobre la procedencia del SARS-CoV-2; entenderemos mejor con qué virus se recombinó posiblemente RaTG13, para formar la nueva cepa. Se sabe que los murciélagos que contienen el coronavirus más cercano viven en las cuevas de la provincia de Yunnan, en China, a 1,600 kilómetros de Wuhan. Por lo que queda sin resolver ¿cómo viajo el virus? Sin duda hay un huésped intermedio, que sirvió de detonante y que nos está faltando conocer para completar la historia.


Los tintes políticos

Importante recalcar que aunque figuras de la esfera política de Estados Unidos como el Senador Republicano Tom Cotton, el Presidente Donald Trump y el Secretario Mike Pompeo acusan a China de haber ocasionado la pandemia por un error de bioseguridad; el Director de la Oficina de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, en su comunicado 11-20 del 30 de abril aclaró que “la comunidad de inteligencia coincide con los científicos en que el virus que ocasiona Covid-19 no fue hecho por el humano ni modificado genéticamente.” Esta aseveración es importante para quitar de la mesa la posible sugerencia de bioterrorismo. Aún esta por abordarse el tema de bioseguridad. Veremos si no permanece como una herramienta política.


Lo que sí es que los genetistas y virólogos, junto con el resto de la comunidad científica, seguirán en la búsqueda de ese misterioso eslabón para completar la historia del nuevo coronavirus. Incluso, los epidemiólogos continuarán trazando la epidemia hacia atrás, para hallar al paciente cero y resolver el enigma sobre el origen.


Mientras tanto, vemos también hacia delante, con el esperanza de encontrar pronto tratamientos efectivos, una vacuna, recuperar la confianza para salir de los encierros, adaptarnos a la nueva normalidad y más que nada; comprender a detalle esta pandemia para prevenir las futuras.




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