Por más trajes a la medida que incluyan lentes violetas

Actualizado: 14 feb

-Carol Perelman


Escrito para la Academia de Ciencias de Morelos

Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

La narrativa.

Históricamente, el relato que nos contamos es un cuento de hombres. Esos son los lentes que muchos de nosotros involuntariamente adquirimos desde pequeños. No por nada autores como Lin Bian han reportado que las niñas a partir de los 6 años consideran que los niños son “más brillantes, realmente muy muy inteligentes, y capaces de realizar tareas difíciles”, más que ellas mismas. Sin duda la brecha de género tiene un origen bastante profundo, una problemática compleja, que una vez que reconocemos, es sumamente urgente solucionar. Y es que este sesgo de género no sucede exclusivamente a temprana edad. Como lo muestra la excelente película documental del 2020 “Picture a Scientist” ( “Mujeres en la Ciencia”) en un experimento realizado en Estados Unidos donde se mandaron currículums ficticios a varios jefes de laboratorios científicos, se encontró que aquellos solicitantes que tenían nombre de mujer recibieron menos ofertas de trabajo que aquellos hombres cuyos resúmenes profesionales mostraban las mismas aptitudes, capacidades y logros.


Inspiración.

La pregunta es obligada, ¿cómo es que las mujeres conformamos más de la mitad de la población mundial pero menos de la tercera parte de la fuerza científica del planeta? Si la razón residiera en un tema auténticamente de preferencia vocacional, sería válido, y entonces requeriríamos solamente más programas que inspiren a las mujeres a estudiar ingeniería, inteligencia artificial y ciencias de la computación, que son las áreas en las que menos tienen representación.


El camino.

Pero la problemática va más allá. Reporte de UNESCO encontró que las mujeres son menos invitadas, la mitad de veces, que los hombres a hacer presentaciones en conferencias, publican menos en revistas revisadas por pares, reciben menos financiamiento para sus investigaciones y a pesar de representar el 33% de los científicos en el mundo sólo el 12% pertenecen a las respectivas academias nacionales de ciencias. Así que siendo un tema de oportunidades, de acceso y de inclusión, sin duda es devastador. Especialmente porque viendo las cifras más de cerca observamos que a nivel licenciatura los intereses sí están más nivelados, pero conforme avanzan su carrera, en las posiciones más avanzadas las mujeres se van quedando rezagadas. “Nos estamos perdiendo la mitad de la creatividad científica” parafraseado a la escritora egipcia Nawal El Saadawi.


Una sola historia.

Tengo cuatro hijos de los cuales tres son niñas, y uno de los libros que desde que eran pequeñas hemos leído juntas es el manifiesto de la extraordinaria autora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, de esa genial mujer que en su plática TED explica sobre el peligro de conocer una sola historia. Y es que en las narrativas que hemos heredado de la historia de la humanidad, en el imaginario colectivo, la mujer jugaba un papel muy definido y alejado de lo que como sociedad del siglo 21 aceptamos y queremos, en la mayoría de los casos. Hoy para muchas niñas y niños es difícil imaginar que alguna vez las mujeres no podían votar, o que no podían estudiar en las universidades. Y sin embargo fueron realidades que permearon a prácticamente todos los ámbitos de la sociedad, incluida la ciencia. Una realidad fácil de visualizar en la famosa fotografía de la Conferencia Solvay de Física en Bruselas durante octubre de 1927, en la que la única mujer entre los tantos hombres de traje negro, era la grandiosa Marie Curie. Esa celebrada mujer que nunca fue admitida a la Academia Francesa de Ciencias.


Hacer las cosas diferente.

Pero como dice el autor estadounidense Adam Grant en su más reciente libro “Piénsalo otra vez: el poder de saber lo que no sabes”, debemos tener la capacidad de repensar y de reaprender. Las dudas, las preguntas, el cuestionamiento y el pensamiento científico nos hacen ser mejores. Recalibrarnos. Evolucionar. Quizás entonces hoy es momento como sociedad de abandonar los paradigmas que por siglos nos han definido, y que hemos aceptados como ciertos, para explorar nuevas condiciones que logren un crecimiento y nos lleven a la realidad que buscamos. Que ya sabemos que queremos. A una mayor equidad, a la inclusión. Y para ello seguramente habrá que abordar los retos desde otras perspectivas. Desaprendiendo, reflexionando y reaprendiendo. Hay que atrevernos a romper la forma sin cambiar el fondo, sin modificar la esencia y el rigor. Sin duda para ello hay que reconsiderar nuevas vías, otras posibilidades. Muchos caminos llegan a Roma. Pero para encontrarlos hay que formular hipótesis y experimentar para comprobar su utilidad. O quizás decidir por premiar más los procesos que los resultados. Ya sabemos que una misma historia, la misma narrativa, nos llevará incansablemente a los mismos resultados. “Sólo los locos repiten lo mismo una y otra vez esperando distintos resultados” decía con toda razón el escritor francés George Bernard Shaw.


El punto de partida.

Hace unos días, precisamente en el marco del Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia, tuve el privilegio de participar en conversaciones entre científicas y jóvenes de bachillerato interesados en carreras científicas. Fue muy enriquecedor escuchar a los adolescentes. Siempre lo es. Las preguntas que la mayoría de las jóvenes mujeres hicieron a las ponentes viraron principalmente en torno a confirmar si las científicas estaban casadas, y podían llevar una carrera de éxito teniendo hijos. Mientras que los muchachos hacían otro tipo de preguntas, ellos querían consejos puntuales sobre cómo elegir la mejor universidad y querían resolver dudas sobre sus planes a corto y largo plazo. Incluso estudios han encontrado que en muchas situaciones, las expectativas que los padres tienen sobre sus hijos determinar en buena parte lo que estudian, la carrera que deciden perseguir. Haciendo uso del argot médico: sabemos que cualquier remedio comienza con entender los síntomas del paciente, luego sigue buscar la causa y entonces podremos encontrar una cura definitiva. Ahí están los síntomas.


Las expectativas.

Me pregunto si de adolescente alguna vez Irène Joliot-Curie, hija del matrimonio Marie y Pierre, y también ganadora de Premio Nobel de Química por sus descubrimientos sobre la radiactividad artificial, galardón que al igual que sus padres compartió con su esposo Frédéric;…si alguna vez ella se hizo esas mismas preguntas; si Irène se cuestionó cómo una científica podía ser a la vez profesionista y mamá. Seguramente su contexto, su experiencia personal, su infancia hizo que la narrativa que se contó fuera muy distinta a la historia que aún persiste en muchas, y también en muchos. De inicio su universo era más amplio, mas inclusivo, era sin duda el mismo mundo pero según su narrativa era un mundo más alcanzable, habían más posibilidades. Y es que evidentemente no es solamente un tema de niñas, es un tema de todos, de niños también. Irène no solo era hija de Marie, también lo era de Pierre.


Y el otro sexo.

Pero regresando al libro que regalé a mis tres hijas desde pequeñas, cabe señalar que es un manifiesto que resalta la importancia no sólo de formar a las niñas para que sepan que sí pueden. Empoderarlas. No. Chimamanda Ngozi Adichie habla de la importancia de incluir en este reto al otro sexo también. No se trata de que sólo las mujeres dejen de lado el estereotipo que describe Lin Bias en su estudio, sino que también los hombres, los padres, los hermanos, los abuelos, los jefes, los maestros, los compañeros, los hijos, se convenzan de lo mismo. Tengo un hijo, y pienso que más bien el libro es lectura obligada para él. A veces se nos olvida que los hombres son parte de esta conversación y sin duda elementos clave para la solución. Tanto mi padre como mi esposo han sido elementos clave de mi trayectoria.

Sin adjetivos.

O como lo dice muy bien Sarah Gilbert, la creadora de la vacuna de adenovirus de chimpancé contra COVID-19 de la Universidad de Oxford con AstraZeneca, “no soy una ‘científica mujer’, soy una científica”. Nadie agrega el adjetivo y subraya el género cuando una maestra o una costurera es mujer. Por qué hay que aclararlo cuando se es una piloto, director de orquesta, presidente de un país… o científico. Tal cómo lo dice la campaña de la UNESCO: “las carreras no tienen género”. Pero bueno, no está de más, conociendo las carencias y el escenario actual, que haya sido transformada en una figura Barbie gracias a Mattel, en que en pro de incentivar a más niñas en la ciencia la ha inmortalizado a través de la emblemática figura aspiracional.


Traje a la medida.

Es una realidad que los hombres y las mujeres sí somos diferentes, tenemos necesidades distintas, y por ello, a pesar de que debiéramos tener las mismas oportunidades también es importante reconocer que los caminos no necesariamente debieran son idénticos. Es distinto hablar de igualdad que de equidad, quizás ahí este el meollo de esta situación. Existen hoy trazos en los caminos ascendentes de la ciencia, senderos marcados y diseñados por hombres, aceptados como correctos, que no necesariamente embonan con el ser mujer. Asumen que somos iguales. Y es precisamente por ello que universidades y centros de ciencia como el Instituto Weizmann de Ciencias en Israel, ha desarrollado programas específicos para apoyar a estas mujeres brillantes a llegar a la cima, explotar su máximo potencial, valorando sus capacidades y fomentando su desarrollo, pero lo más importante, conscientes de sus necesidades particulares. Las mismas oportunidades pero cada uno con las distintas herramientas que requiere. Eso es equidad. Todos pueden llegar a la Luna, pero no necesariamente pueden, ni tienen que hacerlo con el mismo traje de astronauta. Es más, tan como tuvo que aceptarlo la NASA, para cada uno se requiere un traje a la medida. Viva la individualidad.


La post-pandemia.

Seguramente un efecto positivo de la pandemia de COVID-19 será el reconocimiento de muchas mujeres gracias a su aporte en el entendimiento y control. Siempre es alentador mirar y admirar figuras, saber que es posible conquistar sueños. Es inspirador. Y durante la pandemia han habido muchas mujeres que han destacado. Quizás de las más emblemáticas por su ingenio y perseverancia es la húngara Katalin Karikó por darnos las vacunas de ARNm, una tecnología que seguramente marcará un cambio radical en la medicina. Pero también, la pandemia ha visualizado especialmente a las trabajadoras sociales y de la salud; que en su mayoría son mujeres, 70% en el mundo, (ganando 11% menos que sus pares masculinos), y donde para México, el 79% de las enfermeras son mujeres, arriba del promedio global. Ya incluso varios países han detectado un incremento en la solicitudes de jóvenes queriendo estudiar enfermería, este “efecto Fauci” que impulsará una nueva generación de médicos, enfermeros y científicos; esperemos muchas mujeres entre ellos.


Al futuro.

Anhelo que esta generación de menores, de niñas pero también de niños, puedan desarrollarse en un mundo con mayor equidad de género, y de mayor representación de mujeres en la ciencia. Difícil a veces imaginarlo cuando en el presente vemos lo que sucede en países como Afganistán. Pero me alienta que al menos existimos en una sociedad con mente más crítica, no conforme con la realidad, normalizando el que las mujeres estén en espacios antes dominados por hombres, que abre este tipo de conversaciones; de conversaciones importantes de tener. Esperemos que en algunos años, esperando sea un momento más cercano que lejano, sea tan inimaginable pensar en esta problemática, como lo es hoy imaginar que las mujeres no usaban pantalón.


La evidencia.

Y es que quizás se requiere un verdadero cambio de generación. Aunque al parecer es precisamente esta generación la que esta causando y viviendo la transformación. Ya que desde la creación de los Premio Nobel se han entregado más de 970 galardones de los cuales sólo 59 premios se han otorgado a 58 mujeres. Y la primera, la mismísima Marie Curie por insistencia de inclusión de su esposo. El Director de la Academia Real Sueca de Ciencias, Goran Hansson dijo en 2021, “es triste que hay tan pocas mujeres ganadora del Nobel, y refleja las condiciones tan injustas de la sociedad, especialmente de años pasados pero aún existentes,…hay tanto por hacer”.


11 febrero.

Tanto aún por hacer que las Naciones Unidas ha designado el 11 de febrero como el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia para hacer reflexiones que generen cambios… esperando que el día de mañana sea más bien un día de celebración. Tanto la ciencia en sí como la equidad de género son temas indispensables para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible planteados por las Naciones Unidas para el 2030; ambos son tópicos angulares que se revisan en conjunto en este día, por séptimo año consecutivo.


Esperamos pronto logremos repensar, romper los paradigmas existentes, rediseñar los caminos aceptados, mirar más ejemplos de inspiración, elaborar más trajes a la medida, redefinir las expectativas, reescribir las narrativas y quebrar muchos techos de cristal.


Como lo comenta la autora española Gemma Lienas en su libro sobre equidad de género “El diario violeta de Carlota”, hay que ponernos los lentes violetas y cada uno de nosotros comenzar a ver nuestro alrededor con perspectiva de género. Pero quizás, pienso yo, debiéramos comenzar por ajustarnos esas gafas violetas y mirarnos en el espejo.



Texto dedicado a Karla, Andrea, Daniela, Dalia, Helen, Laura, Sofía, Hannah y todas las niñas que se apasionan por la ciencia y tienen grandes sueños que alcanzar.




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