Los incentivos sí funcionan, pero ¿para vacunarse?

A todos nos gustan las recompensas, saber que recibimos un beneficio por hacer tal o cual. Quizás por esa peculiaridad humana es que tenemos al planeta tan olvidado; es difícil asignar incentivos en los bienes comunes. Pero sin desviarnos del tema hablemos de qué hace que alguien se convenza de recibir una vacuna y por qué es importante entender esta motivación para lograr los ambiciosos objetivos de salud pública. Un tema enfocado a salvar vidas que utiliza principios de economía y psicología estudiados por la economía conductual. Y que hoy se traducen en la posibilidad de retornar finalmente a una vida menos distorsionada.


Hace semanas vimos imágenes de bares en Tel Aviv repartiendo cervezas a quienes decidían vacunarse, hoy, son mensajes en los celulares de los neojerseitas invitándolos a rifarse una cena con el Gobernador Murphy a cambio de las dosis, son personas formadas para recibir su vacuna con tal de participar en la lotería de 1 millón de dólares, y tener la opción de una beca universitaria en Ohio, es a trabajadores de Nueva York dando vales de metro a quienes se la aplican en las estaciones, a Maine otorgando licencias de pesca y cacería, a West Virginia ofreciendo cien dólares en bonos a sus jóvenes, a varios supermercados abonando horas de trabajo a sus empleados con tal de que se protejan, a Office Depot laminando gratis las cartillas de los vacunados, a Krispy Kreme regalando donas glaseadas, cupones para papas fritas de Shake Shack, la elección de un postre en White Castle, un hot dog del fabuloso Nathan’s Famous, y la oportunidad de acceder a una de las 50,000 entradas que Six Flags regalará para asistir a dos de sus parques de diversiones. Y la lista sigue,… boletos para conciertos, playeras conmemorativas, despensas de comida, copas de vino,…¡viva la creatividad!


En todas estas iniciativas, el objetivo es el mismo, alcanzar más brazos inoculados que se traduzcan en más personas protegidas regresando a las actividades que extrañamos, a la vez que disminuye la circulación del virus hacia poder celebrar el fin de la pandemia. Un fin necesario, y urgente, para el que Nicolás Maquiavelo seguramente no cuestionaría si se justifican los medios.


En 2017, Gretchen Chapman de la Universidad de Rutgers sugirió que la psicología ofrecía tres propuestas para promover la vacunación. La primera es entender y tratar de modificar la percepción del riesgo a la enfermedad que se busca prevenir y la confianza en las vacunas, es decir, influenciar los pensamientos y sentimientos de las personas. La segunda implica hacer un cambio en las normas sociales impuestas para generar una intención. Y la tercera propone intervenciones que aprovechan las actitudes y las potencializan; reduciendo las barreras para acceder a las vacunas (logística), facilitando el proceso (con recordatorios de citas), y motivando el comportamiento (a través de incentivos, sanciones y requerimientos).


Hoy a gran parte nos quedan claros los beneficios de aplicarnos la vacuna. La mayoría no lo debatimos. Sin embargo a pesar de los estragos que la pandemia ha tenido en las sociedades, economías y salud de tantas personas, y sabiendo que las vacunas son seguras y eficaces para prevenir casos severos y muertes por la enfermedad, aunado a que hemos sido testigos de su efectividad para evitar contagios y mitigar brotes en países que lo han hecho a buen ritmo y con excelente cobertura, aún existe una pequeña ventana para invitar a más personas a vacunarse. Requerimos un esfuerzo mayor que quizás ya no reside en solamente mostrar las evidencias científicas. Esto es más complejo. Cada país tiene hoy su propia problemática. Unos están limitados por la falta de disponibilidad de dosis de vacunas, mientras otros tienen suficientes pero están restringidos por la demanda. Entender los detalles de cada uno es fundamental para asegurar esa máxima cobertura que necesitamos como planeta.


El cambio de comportamiento en pro de la salud humana usando un sistema de incentivos ha sido analizado por varios; con incentivos económicos, sociales y morales, y sabiendo que los humanos obedecemos a ellos desde dos perspectivas contrarias: las negativas, “el palo”, y las positivas, “la zanahoria”. Generalmente vemos implementadas las primeras, con restricciones que inhiben comportamientos. Como las económicas: el alza al precio de los cigarros que obtuvo una disminución en el tabaquismo en Europa, o los impuestos en bebidas alcohólicas que buscan bajar el consumo, o como las limitaciones de áreas para fumadores que resultan en medidas sociales que logran el cometido de salud a pesar de ser poco populares. Por el otro lado, están las estrategias positivas de salud pública, “las zanahorias” que quieren un cambio en el comportamiento de las personas a través de recompensas. Un estudio de 2015 encontró que dar $20 dólares incrementaron la vacunación contra influenza en estudiantes universitarios de 9% a 19%. Además estudios han encontrado el impacto positivo del uso de aplicaciones como Fitbits que ayudan a motivar conductas saludables. Sin embargo no es tan sencillo; autores argumentan que éstos podrían no formar hábitos de largo plazo, crear estigmas innecesarios e incluso promover que quienes sí lo hacen de forma voluntaria, sin incentivos externos, dejen de hacerlo.


Pero, qué hay en el frente de las vacunas contra COVID-19. Encuestas han encontrado que el nivel de confianza que las poblaciones de distintos países tienen ante las vacunas es variado, en febrero IPSOS reportó que Gran Bretaña, México, China, Italia, Brasil y España eran de los países con mayor aceptación a la vacuna, con más del 80% de los adultos dispuestos a vacunarse en cuanto pudieran. Sin embargo esto no sucede en todos lados. Australia, Estados Unidos y Alemania encuentran que aproximadamente siete de cada diez adultos recibirían la vacuna, mientras que Japón, Sudáfrica, Francia y Rusia enfrentan aún mayor resistencia. Ante esta realidad existe un límite a la cobertura. No podremos tener un utópico 100% de la población adulta vacunada contra COVID-19. Pero debemos de ser los más, y además estar bien distribuidos para no dejar burbujas vulnerables, y así entre todos protegernos entre todos, y cuidar a quienes siguen susceptibles.


Sin embargo esto tampoco es una fotografía estática, y con el tiempo, entre más personas en el mundo se han vacunado, la confianza a la vacuna ha incrementado y ahora son más los que están dispuestos a recibirla. Según Bloomberg son ya más de 1,500 millones de dosis de vacunas contra COVID-19 aplicadas desde que la campaña mundial inició. Era de esperarse que cuando las personas que estaban “esperando para ver que sucedía” vieran que vecinos, amigos, familiares o incluso médicos, líderes, celebridades, se han vacunado, se darían cuenta de que las vacunas dan tranquilidad, que son el boleto de salida de la pandemia. Que proveen de mayor libertad para tomar decisiones; más flexibilidad. Reconociendo que las vacunas son una especie de seguro de vida y que además, tal como se dijo, sí son seguras y eficaces.


Los expertos de la Organización Mundial de la Salud en Asesoramiento Estratégico sobre Inmunización consideran el modelo de las tres “C” para abordar las aristas en los retos de las campañas de vacunación: complacencia, confianza y conveniencia. Complacencia, que es la percepción que las personas tienen sobre su riesgo de la enfermedad que se trata de prevenir. Confianza, que comunica la información clara sobre la eficacia y seguridad de las vacunas. Y Conveniencia, que se refiere al acceso, es decir, a los temas de logística. Entendiendo estas tres vertientes es que los países estructuraron sus estrategias de vacunación. En México, al principio de la pandemia la complacencia era baja, y debido a la confusión en el discurso, muchos no creían en la severidad de la COVID-19. Pero hoy, luego de más de 200 mil muertos ya ha sido claro que sí es una enfermedad que es mejor prevenir. En el ámbito de confianza, IPSOS encontró que los mexicanos buscaban principalmente conocer los efectos secundarias de las vacunas, esa es la mayor preocupación, y en menor medida nos cuestionamos sobre la eficacia, por eso fundamental construir las conversaciones resaltando la seguridad. Y hoy, realmente debemos centrarnos en la logística, los mexicanos sí queremos vacunarnos, incluso estamos dispuestos a formarnos por horas y trasladarnos para recibirla, pero es importante la última “c”, la de la conveniencia; del acceso.


Por su parte, Keiser Family Foundation ha estado monitoreando mensualmente las intenciones del grupo de personas que estaba “esperando para ver qué pasaba antes de vacunarse” encontrando que por fortuna se ha encogido, que representaban el 39% de los encuestados en diciembre y que se redujo a 15% en abril. Es decir, un cuarto de los adultos en Estados Unidos se ha convencido en estos últimos meses de sí vacunarse, al ser testigos del éxito de las vacunas y del proceso de vacunación. ¡Buenísimo!


Sin embargo, no es suficiente. Hace unos días el Presidente Biden propuso como meta tener al 70% de los adultos en Estados Unidos vacunados para el día de la celebración de Independencia, el emblemático 4 de julio. Entonces, eran 56% los adultos vacunados y el ritmo de vacunación había llegado a una meseta. Para lograr la ambiciosa meta de verano, se requería de acciones específicas sabiendo que 13% de los adultos definitivamente no se van a vacunar. El equipo de la Casa Blanca tenía que comprender perfectamente bien los resultados de la encuesta de Keiser Family Foundation para trazar sus siguientes pasos; donde 56% ya estaban vacunados, 9% querían vacunarse pero no habían encontrado el momento, 15% eran los que estaban “esperando a ver que pasaba con los demás”, 6% estaban dispuestos solo si se les pedía para asistir al colegio o a su trabajo y el restante, 13% definitivamente no querían vacunarse, decisión contundente.


Es por ello, que en su discurso, el Presidente americano prometió cambiar la estrategia de vacunación y pulverizarla para hacerla llegar a través de iniciativas locales, y ya no masivas, a ese 9% que quiere la vacuna pero no había ido por ella por temas de trabajo, tiempo, desidia. La idea era implementar logísticas para acceder a las vacunas con facilidad. Si Mahoma no va a la montaña, hay que llevar la montaña a Mahoma. Algunas ideas son vacunar sin cita, en zonas rurales, en entornos comunitarios, en sitios de vacunación móviles y consultorios médicos. En diciembre de 2020, el experto en conducta humana Dan Ariely propuso que la mejor estrategia para lograr la vacunación contra COVID-19 era hacerla el default, que vacunarse fuera lo más sencillo; “si todos al despertarnos un día tuviéramos hecha ya la cita para vacunarnos habría un cambio de paradigma, en vez de tener que hacer el esfuerzo para sí recibirla, las personas que no la quisieran tendrían la oportunidad de optar por no vacunarse pero para ello tendrían que salirse del sistema.” La barrera estaría en cómo no vacunarse. Genial.


Hace unos días, la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) publicó un interesantísimo estudio donde encontró que una tercera parte de las personas que no se han vacunado sí se vacunarían al recibir un pago en efectivo de entre $25 a $100 dólares. Sin embargo no todo es positivo, también esta misma encuesta encontró que 15% de las personas no vacunadas decidirían seguir sin vacuna, incluso tendrían mayor resistencia, de ofrecerles un pago monetario. Pero debido a que 30 es mayor que 15 y a que Estados Unidos se ha encontrado con una meseta en su programa de vacunación, el beneficio de ofrecer una recompensa financiera es mayor y podría ayudar a inclinar la balanza hacia más personas protegidas. El incentivo económico incrementaría la demanda, especialmente entre los demócratas.


Ante todo ello, y a beneficio de la otra mitad de los americanos, de los republicanos que acorde a los resultados de la encuesta no parece atraerles el incentivo económico, se encontró que autorizar el retiro de los cubrebocas en espacios públicos sí generaba en ellos una intención por vacunarse. En general, relajar medidas de distanciamiento y de uso de cubrebocas hacía que 13% de los no vacunados accediera a recibir la vacuna, pero al segmentarlo por inclinación política, los republicanos tuvieron un aumento de 18%. Entonces, no debe ser sorpresa que el Centro para Prevención y Control de Enfermedades (CDC), basado en la creciente evidencia científica que apunta que las vacunas aplicadas en Estados Unidos reducen la transmisión del virus y son efectivas contra las variantes, haya ofrecido mayor flexibilidad a las medidas de uso de cubrebocas. Ojo, subrayo, es flexibilidad. No es una decisión que se deba de sacar de contexto, hay aún entornos, situaciones y regiones que deben seguir los lineamientos establecidos, seguimos en pandemia. Pero la sugerencia de quitarse en ciertos escenarios el cubrebocas tiene la intención de mostrar los beneficios del esfuerzo de vacunación. A modo de motivación.


Pero además, Estados Unidos tiene ese 6% de los mayores de 18 años que se vacunarían si sus colegios o trabajos se lo exigirían. Y a hoy, ya son más de 200 Universidades las que han decidido pedir como obligatoria la vacuna contra COVID-19 para su cuerpo académico, profesional y estudiantil hacia inicio de semestre de otoño. Aunado a eso, a estos porcentajes se le agregan los 17 millones de adolescentes que en Estados Unidos ya están autorizados para recibir la vacuna de Pfizer/BioNTech; una población que ha mostrado interés por la vacuna, especialmente para poder reanudar las actividades sociales que fueron pausadas por la pandemia, pero para la cual un tercio de sus padres sólo consideraría la vacuna si el colegio lo hiciera obligatorio. Eventualmente hacia septiembre se espera la autorización de vacunas para niños y con ello el regreso a clases en nuestro país vecino será de manera más segura.


Vale la pena reflexionar sobre la razón que expuso en 2015 el Premio Nobel Daniel Kahnemann para justificar por qué algunos padres deciden no vacunar a sus hijos a pesar de la evidencia científica que las respalda. Kahnemann explica que las personas, irracionalmente, sienten mayor responsabilidad al tomar una decisión activa que cuando se decide no hacer nada, es decir que “los padres tienen más miedo a que sus hijos mueran por recibir una vacuna que a que mueran por la enfermedad que se propaga de forma natural”. Pero también existe el pecado por omisión. Y hoy sabemos que existen secuelas del virus también en niños y por ello es fundamental protegerlos. Pero además, un reciente estudio encontró que solamente una cuarta parte de los menores con COVID-19 presentan síntomas, esto quiere decir que 75% de ellos puede contagiar el virus sin saber que lo tienen.


Pero mirando más de cerca las razones que mueven a los mexicanos a acudir a los centros de vacunación, IPSOS encontró en febrero que más de dos terceras partes de la población adulta apoyaría la iniciativa de que la vacuna contra COVID-19 fuera obligatoria en México, siendo el nuestro el país encuestado con la mayor aprobación a esta idea. Solo un 18% de los mexicanos se opuso a una medida así. Me queda claro que México se quiere vacunar. Y a hoy, tenemos más de 11 millones de mexicanos con esquema de vacunación completo, protegidos, y cinco millones con medio esquema. Y que hoy, nuestra mayor restricción es el tener las dosis, y aplicarlas. México ha recibido poco más de 30 millones de dosis de cinco vacunas distintas (Pfizer, Sinovac, AstraZeneca, CanSino y SputnikV) y ha aplicado 25 millones de ellas. Aún debe México hacer la ardua labor de llevar las dosis brazo por brazo, a cada localidad, para apresurarnos a cubrir a la mayor proporción de la población. Sin duda una parte de la población tiene cierta inmunidad natural por haber sobrevivido la enfermedad, pero también sabemos que la protección más robusta y duradera la dan las vacunas.


Lo que sí es que para tener éxito en los procesos paulatinos de vacunación se requiere conocer las características de las poblaciones y poder adecuar las iniciativas según van cambiando las necesidades. La palabra que esta pandemia nos ha inculcado es precisamente: flexibilidad. Los incentivos allá no se requieren aquí y las necesidades de aquí no son como las de allá. Siempre enfocados en lo que la científica Cornelia Betsch propuso en 2015, para obtener éxito en los programas de vacunación hay que eliminar barreras para mitigar inconveniencias y agregar incentivos que ayuden a inclinar la balanza para quienes requieren de un “empujoncito”.


Hace justamente un año las vacunas eran un ansiado sueño, una hipótesis. El próximo año podremos verlas con satisfacción, por el espejo retrovisor. Pero ahora en este 2021 en que nuestra misión es hacer pasar uno por uno, a la máxima cantidad de personas por este puente de transición llamado vacunación, las vacunas son las herramientas de la ciencia, la biotecnología y la cooperación que nos conducen hacia la salida.


Y como diría Woody Allen en una de mis favoritas: “whatever works”… Lo que funcione con tal de que nos vacunemos la mayor cantidad de terrícolas.






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