La salud entrelazada al cambio climático: COP27

Actualizado: 24 oct

-Carol Perelman


Sin duda el mayor problema con los gases de efecto invernadero es que una vez que los arrojamos a la atmósfera la mayoría de ellos permanecen ahí de forma estable, acumulándose como una gran cobija que va calentando nuestra Tierra, atrapando bajo su manto la radiación que nos llega del Sol.


Uno de éstos gases, el famoso bióxido de carbono -CO2- que es tan esencial en la fotosíntesis de las plantas y en nuestra respiración, se mantuvo por milenios en un equilibrio prístino permitiendo junto con otras moléculas el desarrollo de los distintos climas y de la vida en nuestro planeta. Sin embargo este mismo gas también se genera durante la quema de carbón, gasolinas, madera y gas, permaneciendo en la atmósfera entre 300 y 1,000 años sin ser degradado. Así que en términos prácticos podemos asegurar que siguen ahí flotando, sin haber sido perturbadas ni alteradas, las primeras moléculas de CO2 emitidas en el siglo XVIII por la emblemática máquina de vapor de James Watt, símbolo de la Revolución Industrial.


Increíble. Pero eso también quiere decir, que el bióxido de carbono que escapó el día de hoy del motor de tu auto quedará tal cual atrapado en la capa atmosférica más allá del año 2322.


Esto me lo imagino cómo si diariamente entre todos los terrícolas le metiéramos más relleno insulante a la ya de por sí regordeta colchoneta que recubre al planeta. Claro que unos le ponemos más que otros, la cosa no es tan pareja; no comparamos lo que aporta una mujer Tarahumara que vive en una aldea sobre la Sierra de Chihuahua con lo que contribuimos quienes vivimos en la gran ciudad. Pero al final el cobertor queda igualmente grueso y suficientemente térmico para calentar la única Tierra. Y digo que lo hacemos nosotros porque sí; este calentamiento global es resultado directo de la actividad industrial humana que diariamente deja huella de nuestro quehacer.


Qué responsabilidad la nuestra el haber arribado en último lugar en la evolución de las especies biológicas y ser el miembro que modificó el curso natural del Planeta logrando un nuevo periodo geológico inducido, en lo que hoy conocemos ya como el antropoceno.


Quizás es una verdadera casualidad, pero siempre me ha sorprendido, que la primera plana del New York Times del día que nací, lunes 25 de julio, contenía en 1977 una nota que reportaba los resultados de un estudio de científicos de la Academia Nacional de Ciencias en que avisaban que si se seguía dependiendo del carbón como fuente de energía habrían consecuencias importantes en el clima, con posible aumento del nivel del mar y una disrupción en la producción de alimentos. Hoy ya vivimos, 45 años después algunos estragos de esta observación científica y sabemos que no es sostenible continuar con nuestras acciones sin considerar que éstas tienen un impacto en lo individual y en el colectivo. Algunas ya irreversibles. Lástima que no se hizo caso desde entonces a ese llamado claro y estudiado.


Desgraciadamente en el 2022 ya somos testigos de consecuencias de los climas extremos: de sequías, inundaciones, olas de calor, incendios, huracanes de gran fuerza que ocurren en parte como resultado de la disrupción de esa armonía que existía, y con cuantiosos costos no sólo económicos, financieros, sociales y políticos, sino que también en pérdidas de vidas humanas directas -e indirectas-. Mismas excusas económicas, financieras, sociales y políticas que muchas veces detienen a los actores a comprometerse y actuar. ¡Vaya miopía! Pagamos durante la emergencia con la misma moneda que buscábamos ahorrar con tal de no invertirla para evitar la tragedia.


Ante ello, finalmente hace 30 años el mundo se ha tratado de organizar y en unas semanas, entre el 6 y el 18 de noviembre, comenzará en la ciudad de Sharm El Sheikh, en las costas del Mar Rojo sobre la Península del Sinaí en Egipto, la Conferencia de Naciones Unidas frente al Cambio Climático en su edición 27, COP27. Misma que debía haberse celebrado hace un año pero que a consecuencia de la pandemia por COVID-19 tuvo que ser reagendada. Obviamente es inminente que precisamente uno de los tantos temas obligados a abordar durante la cumbre será la íntima conexión entre el calentamiento global y nuestra salud (y viceversa, cómo los recursos de los sistemas de salud tienen impacto en el calentamiento global). El vínculo es demasiado estrecho hacia ambas direcciones.


Las reuniones anteriores han llegado a ciertos acuerdos y compromisos, sin embargo uno de los puntos medulares a dilucidar es cómo contabilizar la responsabilidad ya que la mayoría de las emisiones provienen principalmente de países desarrollados, mientras que son los más pobres los que absorben los mayores daños. ¿Es posible tener desarrollo y crecimiento económico a la vez que se cuida el medio ambiente?¿Cómo hacer más resilientes a los más desprotegidos?, y más allá de ello, los cambios en el clima obligan a que las personas recurran al desplazamiento, aumentando la migración y con ello haciéndolos susceptibles a enfermedades. ¿Cómo se logra la anhelada independencia del carbono como fuente de energía bajo los parámetros de derechos humanos?


Los temas no son sencillos e involucran muchas aristas a evaluar; los países tienen intereses y problemáticas distintas. No hay soluciones únicas, ni inmediatas, ni generalizables. Sin embargo es fundamental se avance, ya que el revertimiento, o al menos el freno del aumento de la temperatura global no sólo depende de las acciones individuales y comunitarias, sino que deriva también de las decisiones en políticas publicas y de la cooperación entre las naciones para resolver amenazas globales –similar a las intenciones durante la pandemia por COVID-19-.


Expertos aseguran que el cambio climático amenaza las mejorías que en las últimas décadas ha tenido el progreso de la salud humana, observando cómo retos para el planeta se transforman en impactos negativos a nuestra salud y seguridad social. La conexión es clara si vemos ejemplos concretos cómo lo ocurrido hace semanas con las inundaciones de un tercio de Pakistán atrayendo enfermedades como cólera y malaria, además de falta de saneamiento y el desplazamiento de las personas. La tala del Amazonas en Brasil, pulmón del planeta, en que pueblos originarios se perturban, especies endémicas se pierden, ecosistemas vírgenes se invaden exponiéndonos a potenciales patógenos antes no conocidos. O tal vez con las intensas olas de calor en el verano europeo que ocasionó muertes en personas de alto riesgo, así como exacerbando temas de salud mental. Pero también éste entrelazamiento muestra que la nutrición y el aire tienen mucho que ver, y que la deficiencia mineral en los humanos, específicamente del zinc que obtenemos de las plantas, está relacionada con el incremento en las emisiones de bióxido de carbono. O que el aumento en el riesgo de desarrollar demencia está vinculado a si vivimos o no cerca de avenidas transitadas encontrando que la planeación urbana sí afecta la salud neurológica. Y que eventos como sequías extremas se asocian a mayores admisiones hospitalarias por eventos cardiovasculares. O que si hay menos abejas aumenta significativamente la deficiencia de vitamina A y folatos en humanos. Y que cada año 3.3 millones de personas fallecen en el mundo a consecuencia de la contaminación del aire.


Cualquiera estaría de acuerdo que esto nos obliga a ver a la salud humana desde otra perspectiva, desde un enfoque vinculado con la Salud Planetaria: con la biodiversidad, con los ecosistemas, con el aire, la tierra y el agua. Somos parte de un todo mayor y no podemos disociarnos, nos afectamos mutuamente los humanos y el planeta, en continuos ciclos de convivencia constructiva, pero también a veces en desgastantes procesos de erosión.


En los Acuerdos de 2015 de París –en la COP21- se estableció como meta detener el incremento de temperatura en 2ºC respecto a niveles preindustriales, no superar la meta de 1.5ºC para fin del siglo y tener neutralidad climática hacia 2050, sin embargo expertos aseguran que al ritmo que vamos hoy, el aumento será de 2.4ºC y no llegaremos a cumplir los objetivos. Debemos ser más agresivos con las decisiones; la inactividad tiene un costo alto en la salud del planeta y en la nuestra como especie. Y hoy además, estamos contra el tiempo.


Con el aumento en el promedio de la temperatura global el clima se altera y con ello los ecosistemas (bosques que dejan de serlo), el comportamiento y patrones de enfermedades infecciosas (como las transmitidas por mosquitos), la frecuencia e intensidad de los fenómenos naturales (un quinto del planeta estuvo en sequía extrema exponiendo a las personas a inseguridad de agua y alimento), cambia el nivel de mal modificando la intersección en las costas (como en ciertos atoles del Pacífico Sur) y todo esto exacerbando la pobreza, la salud física y mental, y los sistemas de salud pública. Para entender esta situación más a fondo la revista científica The Lancet creó en 2015 una Comisión: Lancet Countdown para monitorear, comunicar y estudiar esta relación y que en unos días, el 26 de octubre, publicará su reporte de 2022 frente a COP 27 respecto a la situación actual.


Justo a tiempo para que los líderes, tomadores de decisiones y el público general conozcamos más y sepamos cómo actuar mejor; que nos tomemos más en serio la importancia de cambiar nuestro comportamiento desde en el uso de la energía hasta en nuestras dietas, para mitigar el impacto del cambio climático que afecta nuestra salud, considerando medidas de adaptación y pensando en el alcance para el logro de los Objetivos planteados para el Desarrollo Sostenible.


El cambio climático –y la pandemia- han exacerbado las ya existentes inequidades donde los más afectados son los más desprotegidos, y son también quienes generalmente tienen una menor aportación al calentamiento global. Pero ambas crisis, la sanitaria y la climática, requieren del entendimiento de la problemática desde la ciencia, la voluntad y cooperación de los países pero también la implementación por parte de los ciudadanos, corporaciones y asociaciones.


¿Quién resuelve un problema que es de todos? ¿Cómo se aborda un reto de tanta complejidad? ¿Qué puedes hacer tú desde tu cotidianidad?


Estaremos atentos de las ideas, negociaciones y acuerdos en COP27 cuyo lema es “juntos por la implementación”, #JustoYAmbicioso


Hoy nos toca ser realistas sin perder el optimismo y la esperanza. Nos toca a todos y cada uno de los ya casi 8 mil millones de terrícolas. Cada uno haciendo su parte por esta reparación global. Por el urgente Tikun Olam.



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