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La perfección de esos 23º grados

Uno de los elementos que resulta ser el común denominador para las civilizaciones que han desfilado por la Tierra, es la necesidad de marcar el tiempo, las estaciones, los ciclos.


Dudo mucho que esta compleja obsesión sea resultado de la herencia genética embebida en nuestro ADN, más sin embargo, grupos humanos desde hebreos, pasando por los chinos, egipcios, mayas, griegos, hasta las épocas medievales y modernas han llevado algún calendario, tratando de descifrar los ritmos marcados por el Sol, definiendo sus vidas por las lluvias, celebrando solsticios, aprovechando las fases lunares. Eventos que se traducen en orden y expectativa. Y es que nos encantan los ciclos. Eso de regresar a un momento reconocible, pero en un peldaño cada vez más avante, nos provee de una sensación de control, de seguridad, de poder en la predictibilidad. Los humanos no somos muy felices en la incertidumbre.


Si aún viviera, el escritor Michael Ende diría que los “hombres (y mujeres) grises” de hoy portamos siempre además de un reloj, un calendario sincronizado a nuestros aparatos inteligentes. Sin embargo, todo ese transcurrir de sucesos, que en conjunto forman la colección de experiencias que dan coherencia a nuestra vida, son consecuencia de dos movimientos planetarios y una condición que, a simple vista pareciera un error, pero que si lo analizamos con detenimiento estaríamos de acuerdo en que es la fórmula para la perfección. Veamos.


Desde pequeños aprendimos que la Tierra avanza a lo largo de una órbita imaginaria alrededor de nuestra estrella, el Sol, y que cada vez que transitamos sobre el mismo punto y completamos una vuelta festejamos un periodo: nuestro cumpleaños, un aniversario, el Año Nuevo, algún equinoccio. Como si en cada metro que Checo Pérez recorre de la pista de Fórmula 1 significara algo para alguien más, y pues en las múltiples etapas, a lo largo del tiempo, el punto elegido se recorre de nuevo, una y otra vez. En términos astronómicos este movimiento llamado traslación, ocurre en una pista de forma elíptica, descrita en la primera ley de Johannes Kepler, y permite que unas veces estemos más cerca del Sol que otras.


Pero no es el único movimiento, si sólo existiera ese, tendríamos sólo noche o día la mitad del año en la mitad del planeta y la vida no existiría. Los cuerpos celestes también giran en su propio eje en un movimiento de rotación que hace, como si fuera un pollo rostizado, que reciba la radiación del Sol de forma más pareja esparciéndola por todos lados. Y por eso cada 12 horas cambiamos de luz diurna a la oscuridad de la noche. Sin embargo, hay un ingrediente secreto que hace que este trompo aloje la vida como la conocemos, y es, que la Tierra gira con una inclinación de 23°. Inclinación que de botepronto pareciera inútil e imperfecta, (los demás astros giran con una inclinación distinta: Mercurio casi va erecto, Venus va en sentido opuesto y Urano va rodando de cabeza), pero que gracias a estos 23º los rayos del Sol bañan a la Tierra de forma no homogénea, creando las necesarias estaciones y fluctuaciones en el clima.


No es nada nuevo, es lo que aprendimos desde la primaria. Pero está embebido de forma tan obvia en nuestra cotidianidad que cuesta trabajo reconocerlo como una posible metáfora de perfección. Y es que por alguna razón los humanos asumimos que la perfección está en el 10, en el orden, en lo regular, en lo derechito. Sin embargo, mirando a la Tierra desde la perspectiva de un astronauta vemos que, para subsistir con sus perfectos mares, glaciares, árboles, jirafas, niños, hongos, nubes y nevadas, debe estar ligeramente inclinada. Así como la Torre de Pisa que reúne miles de turistas al año no para recordar el famoso experimento de Galileo sino para admirar su fortaleza a pesar de estar 4º inclinada. A pesar.


Quizás la perfección, como lo describe la autora Wendy Mogel en sus libros sobre la educación basada en enseñanzas judías, son precisamente esas caídas que culturalmente consideramos fracasos pero que son las únicas que nos proveen de imprescindible resiliencia. Gracias a los desbalances es que conservamos equilibrio. El cuerpo usa mecanismos de homeostasis. Esa es vida; y asumo que todos queremos vivir. Quizás la mayor diferencia entre los seres humanos y las máquinas que ahora poseen inteligencia artificial es, que las últimas están diseñadas para ser infalibles, siendo justo esa su mayor desventaja. Los robots aprenden evitando futuros errores, mientras los humanos, de entrada, celebramos la variabilidad.


Ojalá pudiéramos gozar más de la incertidumbre y no sólo premiar los caminos trazados, seríamos más felices si apreciáramos también esos momentos de soledad y tristeza no sólo los que compartibles en Instagram, aceptaríamos con fervor los comienzos siendo agradecidos con los finales. Sin duda nuestra actitud hacia lo que entendemos por fisura hace que algunos la vean como el mejor peldaño para crecer. Sí, diría quizás Einstein, todo es relativo: ¿quién dijo que la Tierra esta inclinada 23°?, quizás debiéramos definir ese eje en diagonal como el eje central.


Por alguna razón no nos es intuitivo que los seres humanos somos más completos, y perfectos, cuando abrazamos la imperfección.


Shana Tova.


Carol Perelman



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Texto publicado en Naye Zajn




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